Gonzalo Díaz Ladino: El genio detrás de la gráfica popular

Hace algunos años, en esa época en que YouTube era muy pequeño, encontré un video que cambió mi perspectiva sobre el diseño para siempre; en él aparecía un “Gigantógrafo” que hablaba sobre su extensa carrera en la que, además de replicar y hacer en gran formato los afiches de las películas que traía Cine Colombia al país, reinterpretaba su composición y cambiaba los elementos para adaptarlos al mercado Latino. Él es Gonzalo Díaz Ladino.

Por: Leonardo Mesa

Era un sábado a las 2:30 de la tarde y aún no habíamos llegado. Llevábamos media hora de retraso a nuestra cita acordada. El inusual sol capitalino nos presionaba para llegar a lo que sería un encuentro imprevisto que, como todo lo inesperado, iba a ser excepcional.

Nos encontramos con Gustavo, quien muy amablemente nos contactó con Gonzalo. Fuimos a una tradicional casa del centro de Bogotá, cuya fachada–que ostentaba más de 50 años– se negaba a ser derribada, como si quisiera seguir siendo parte del renovado paisaje urbanístico de la Carrera 3.

Habíamos llegado al lugar. Ubicamos el timbre escondido hábilmente, pero al hacerlo no se abrió la puerta. Algunos metros más allá, una puerta de garaje se abría, una cara familiar para Gustavo nos saludaba presentándose amablemente como Gonzalo hijo.

Después de invitarnos a pasar, atravesamos varios espacios que funcionaban a manera de almacenamiento; más de 50 años de trabajo gráfico. Caminar entre afiches –hechos a mano– de películas clásicas como King Kong, Rocky y las ratas, serían la antesala de una agradable tertulia.

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Y así llegamos al taller: un salón de aproximadamente 12 metros de largo por cuatro de ancho y varios más de altura. Todas sus paredes llenas de anaqueles repletos de pinceles, óleos, aerógrafos, pinturas en vinilo, acrílicos, lacas, y cualquier pigmento conocido. Solamente una pared se reservaba para no tener nada más que un par de andamios. La pintura que estaba plasmada en ella podía hablar fácilmente de innumerables obras, desde carteles de películas de los años 70, hasta imágenes de la Madre Laura, la primera santa colombiana. Las dimensiones eran de cinco metros de altura por dos de ancho, aproximadamente.

“Todas las imágenes que se conocen de la Madre Laura son hasta los hombros. Yo decidí hacerla hasta la cintura. La hice cogiendo un libro porque ella era profesora. Esta semana la llevo a Jericó. Mucho gusto, Gonzalo Díaz Ladino”. Una vez explicamos nuestro motivo de la visita, el maestro aseveró fríamente “yo soy una persona muy corta de palabras”, lo cual hizo pensar inmediatamente en mi interior que esto iba a ser más difícil de lo que pensábamos. Aun así decidimos alistar nuestro equipo y empezar la conversación. Gustavo, la persona que nos había invitado a conocer al señor Díaz Ladino, fue el encargado de romper el hielo. Empezó preguntando sobre su trayectoria y ahí fue cuando las historias empezaron a brotar, anécdotas del Carnaval del Diablo en Riosucio, las imágenes que él había hecho para catorce ediciones del mismo evento y las características morfológicas aprendidas de memoria nos dibujaban en nuestra mente esa imagen mestiza que tenemos de esta deidad: boca de jaguar, cuernos de Toro, y nariz aguileña indígena, son la viva imagen de este pueblo: una memoria viva creada a partir de varias razas, que –a pesar de sus diferencias– están unidos por la alegría y el carnaval.

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A medida que la conversación fluía, Gonzalo hijo iba ilustrando cada anécdota que nos contaba el padre con una imagen que él había realizado. Ante nuestros ojos pasaron obras en diversos tamaños, cada una con una técnica impecable, algunas con el poder mágico de “seguir con la mirada a los pecadores”. Conforme pasaba el tiempo, la confianza iba aumentando y las historias mejoraban hasta que llegó el momento en el que le preguntamos a Gonzalo hijo que si él pintaba. Su respuesta fue afirmativa y le pedimos que nos mostrara algo de lo que hacía, pero, para tristeza nuestra, nada había de su autoría en el taller, salvo trabajos colaborativos con el padre y su hermano Edwin, de quien fue a traernos una obra que sí tenía. Al observarla, confirmamos que los hijos también poseían el talento. De Gonzalo escuchamos historias de muchas películas para las que había realizado carteles, historias sobre cómo llevar el diablo de cinco metros desde Bogotá hasta Riosucio en diferentes ocasiones, de su elaboración y la articulación que le ponían –que estaba a cargo del ingeniero de vientos y mareas–, y de cómo el primer restaurante El Corral acudió a él para pintarlo y darle un mejor look, porque el rector de la universidad Javeriana de la época había ido por ochenta y cinco desayunos y había visto el restaurante “muy apagado”.

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Así pasaron las horas y lo que empezó como una breve entrevista de no más de treinta minutos, terminó convertida en una amena tarde de risas, historias y admiración a la labor de uno de los artistas gráficos más prolíficos del país y que a pesar de las nuevas tecnologías, resalta sobre ellas y las deja atrás: Gonzalo Díaz Ladino, “aquel que era muy corto de palabra”. Eran las nueve de la noche y de nuevo íbamos tarde.

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