La séptima: Un espacio de circulación independiente

La carrera Séptima en Bogotá ha sido reconocida durante décadas como la avenida más representativa de la ciudad, ha sido eje vital por su valor histórico, cultural, social y económico, un patrimonio que se encontraba olvidado por las nuevas ciudadanías.

Escrito por: Meco Saldaña / Foto: Carlos Granados

La “Transversal Eduardo Posada Florez” como también se conoce La Séptima, recobró su vida cuando La Alcaldía Mayor de la Ciudad de Bogotá decidió parar el tráfico vehicular y convertir esta avenida en un paso peatonal en el “tramo histórico”, allí se dieron vida a los famosos “Septimazos” todos los viernes, días que a mi modo de ver eran un tipo de mercado persa o algo más cercano a un mercado de las pulgas donde todos salían a vender de todo; sin embargo, como cada lugar y espacio se fue transformando hasta convertirse hoy en lo que he denominado para este artículo “Un espacio de circulación independiente”.

Foto Carlos Granados

Todos los que vivimos en la ciudad de Bogotá -y los visitantes que han tenido la fortuna de transitar por La Séptima un día cualquiera- hemos sido testigos de la magia que se gesta en el seno de la calle misma: bailarines, estatuas humanas, deportistas, comerciantes, músicos, skaters, bikers, humoristas y miles de personas tomando el rol de “público” es el pan de cada día. En uno de tantos días transitando por allí, me detuve a ver una banda de rock alternativo que apenas llegaba a instalarse, detallé como sacaban sus equipos, como instalaban todo el “back line” para iniciar su show, como aglomeraron a docenas de personas en menos de diez minutos y como, al paso de media hora, habían recogido algún dinero, que en realidad no se cuanto fué, pero por estos días plata es plata y más si viene de hacer algo que se ama.

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A partir de ese día comencé a ver más bandas en La Séptima, y noté el gran talento que se exhibe todos los días en este corredor peatonal de la ciudad, bandas que tal vez jamás había escuchado pero de las que si reconocía los covers de las canciones que tocaban en vivo, luego incluían una o dos de su propio repertorio y así hasta terminar su show entre sonrisas, aplausos, fotos, recolectar “el botín” y contar algunas pocas o muchas monedas y billetes, esto se repetía una y otra vez con cada banda que me detenía a ver y escuchar; y aunque recaudar un buen dinero por cada show de treinta minutos no es mal negocio, entendí que no hace falta para estos músicos profesionales o aficionados, contar con un café bar donde mostrar su talento, un escenario gigante como Rock Al Parque para seguir su sueño, ni siquiera una sala de ensayo, es más, ni una gran remuneración económica, son bandas que solo quieren mostrar su talento, perseguir su sueño a su manera, sentirse más cerca de su público, la gente de a pie de La Séptima que está ahí coreando canciones, aplaudiendo, regalando sonrisas y a veces dejando un “aporte voluntario”.

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Es innumerable la cantidad de bandas que tocan en La Séptima, distritales como nacionales, son innumerables los sueños que crecen en este espacio de circulación independiente, porque aquí nadie le da nada al otro, el que quiere un espacio debe llegar temprano, el que quiere tocar y conectar su amplificador debe rebuscar quién le preste o le venda corriente, si llueve recoja y escampe, si recibió buen dinero bien y si no también, aquí no hay ‘roadie’ o ‘stage manager’ que valga, la producción es mínima, solo se cuenta con las ganas de salir y hacerlo bien, esperando una oportunidad para engrandecer el sueño.

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